lunes, 18 de marzo de 2013

UNIDAD 1
Cátedra de Gestión de la comunicación de crisis
Licenciatura en Relaciones Públicas
Universidad del Este - Argentina



La emoción: el campo de batalla de los mensajes

«La raison, qui n'a jamáis séché une larme.»
La razón nunca secó una lágrima.
Chateaubriand

          Hacia 1832, en la Tierra del Fuego, el joven naturalista Charles Darwin se enfrentó por primera y única vez en su vida las tribus fueguinas. Luego, en las islas del pacífico y antes, frente la exuberancia de la selva tropical, percibió la obra de evolución de las especies pero su compañero de viaje creyó ver la inspiración de Dios. Para Fitz Roy no había otra verdad que la religiosa mientras que para Darwin sólo existía la verdad científica.

          Ambos plasmaron en sus escritos sus versiones de los mismos lugares y del ambiente que percibieron a través de sus miradas. Cada cual con sus paradigmas. Cada uno ya traía información del mundo, cada uno ya tenía una idea preconcebida de "como y porqué era el mundo"[1].

          La corroboración empírica de estos dos personajes no hizo otra cosa que certificar lo que cada uno de ellos ya sentía, pensaba y por lo tanto creía, cristalizado en sus historias personales, sus vivencias y preconceptos. Cada uno vio lo que quería ver.


El redescubrimiento de la emoción

          Las ciencias sociales en general y la comunicación social en particular arrastran los que se define como "una crisis de desarrollo"[2]. Se han estancado y no están ofreciendo respuestas a los problemas derivados de nuevas preguntas y menos aun están ofreciendo una versión integradora a recientes investigaciones científicas que han demostrado en los últimos años que no existe separación alguna entre mente y cuerpo.

          A su vez, Edward Slingerland[3]  alerta sobre la imperiosa necesidad de los humanistas de comenzar a tomar en serio los últimos descubrimientos sobre el conocimiento humano realizados principalmente en el ámbito de las neurociencias y la psicología evolutiva, que cuestionan dogmas tan profundamente enraizados en nuestra cultura como el de la razón incorpórea o el del cerebro como “pizarra en blanco”.

          El dualismo mente-cuerpo, según este investigador, si bien es una intuición humana universal que, en el caso de Occidente, ha sido institucionalizada en la universidad moderna, es una falacia investigativa y científica que se sostiene en la creencia metafísica que señala que existen dos tipos de sustancias en el mundo, mente y materia, que operan siguiendo principios distintos.

          “La filosofía ya no se ocupa de averiguar quiénes somos, de donde venimos ni adónde vamos. La biología, la psicología y las ciencias sociales están ocupándose de estos problemas. La ciencia ha resuelto muchos de los problemas que fueron planteados originariamente por filósofos. Los físicos y químicos han contestado la pregunta por la naturaleza de la materia, el espacio y el tiempo; los biólogos nos dicen qué es la vida; y los neuropsicólogos han develado el misterio del alma. Estas respuestas han dejado sin ocupación a los filósofos especulativos, pero han alentado a otros a reforzar los vínculos de la filosofía con la ciencia”[4].

          La “neurociencia cognitiva” es ante todo asociativa. Se los puede observar trabajando juntos a filósofos y neurólogos, investigando y proponiendo explicaciones sobre en qué consiste la percepción, el pensamiento, la conciencia y el deseo. Es posible leer en sus publicaciones los detalles de cómo han hurgado entre las neuronas y las sinapsis para develarnos la magnificencia de nuestro complejo sistema racional y emocional. Situación que también es planteada en "Crisis y reconstrucción de la filosofía" del argentino Mario Bunge.

          Por otro lado, hay detractores como Maxwell Bennet, un catedrático de neurociencia de la Universidad de Sidney y director científico del Brain and Mind Research Institutey y Peter Hacker, profesor de filosofía del St. John’s College de Oxford, quienes insisten en la imposibilidad de que del estudio de la relaciones y las funciones del cerebro puedan tomarse conclusiones como las que afirma Eduard Pounset respecto (y título de su último libro) que el alma está en el cerebro.

          Para ellos el cerebro "no sabe cosas", no razona de forma inductiva, no construye hipótesis basadas en argumentos, no decide; y las neuronas que lo componen no son inteligentes, no saben calcular probabilidades y no ofrecen argumentos, como dicen hoy muchos neurocientíficos[5]. Todas esas tareas corresponden al hombre no al cerebro.

          Sea como fuere, lo relativo al cerebro y a la mente está cargado de futuro, y las posibilidades que se abren a otras ciencias sociales como lo es la comunicación resultan inconmensurables sólo con analizar los nuevos datos que poseemos al momento.


La filosofía de las emociones

          La separación entre razón y emoción es muy antigua. Se remonta hasta los griegos. Platón creía que esta distinción era producto de una relación conflictiva de la naturaleza humana. Un buen texto lo constituye la narración sobre la expulsión de los poetas en La República. Aristóteles por su parte realizó una precisa taxonomía de las emociones.

          Pero esa visión jerárquicamente inferior de la emoción en los griegos adquiere nueva dimensión con Baruj de Spinosa en su obra Ética, y su extraña modernidad metafísica en la consideración de la alegría y de la espiritualidad racional. No es posible abarcar una visión filosófica de la comunicación y la emocionalidad sin redescubrir a este discípulo de Descartes a quién el propio Hegel lo coloca como uno de los protagonistas del marco general de la Filosofía.
         
          Fueron filósofos modernos como Immanuel Kant, quién afirmaba que se "actúa moralmente por decisiones racionales", y los románticos de principios del siglo XIX como Schiller, Byron y Emerson quienes abordaron el tema de los sentimientos y las emociones contraponiéndolos a la razón.  Mientras que otros como los ingleses Shaftesbury y Hutcheson concibieron la razón en concepciones que involucraban lo emocional[6].

          La pretensión kantiana de separar lo racional de lo emocional ha quedado sepultada a partir de estudios que paradójicamente no arriban desde el pensamiento filosófico sino desde la neurociencias y la biología.

          Por su parte, Sigmund Freud se apropia de la vieja dicotomía filosófica entre razón y emoción para sus propias conclusiones y nos da una pista muy interesante a la hora de abordar el discurso: Las creencias podrán ser racionales o irracionales, las emociones se encuentran más allá de los procesos racionales, pero generan improntas profundas en las personas.

          Es decir, que las imágenes o la retórica no puedan ser procesadas racionalmente no implica que sean irracionales, simplemente significan que están más allá del razonamiento lógico, pero producen resultados y efectos concretos.

          Pero fueron David Hume en "Tratado de la naturaleza humana" dónde sintetiza que "las emociones son una cierta clase de sensaciones" a las que denomina "impresiones; y Adam Smith en "Teoría de los sentimientos morales", quienes finalmente establecieron que la conquista de la verdad no era producto del ejercicio de la razón pura sino de la vida de las personas como un todo.

          Para la dialéctica hegeliana la mayor conquista del pensamiento humano es la Noción. El desarrollo de la noción es descrito por Hegel como el proceso que procede de lo abstracto a lo concreto. Significa la profundización del conocimiento y el desarrollo de lo potencial a lo real. Concepción que da impulso a lo que Marx y Engels convierten en la poderosísima frase constitutiva del materialismo filosófico: “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos, de lo que se trata es de transformarlo”.

          March, como también decía Locke, por ejemplo, ¿Esta manzana existe? y la respuesta era no -y eso que Mach se consideraba un físico-. Lo único que puedo decir es que la veo, la huelo, la toco, etc., En otras palabras, todo lo que puedo conocer son mis impresiones sensoriales.

          En tanto que el argumento central de Mach haciéndose eco de Berkeley era: “yo interpreto el mundo a través de mis sentidos”. Pero para los materialistas “el mundo existe independientemente de los sentidos”.  “La materia es una categoría filosófica que denota la realidad objetiva que el hombre obtiene a través de sus sentidos, y que es copiada, fotografiada y reflejada por nuestras sensaciones, y que existen independientemente de ellas”, respondió Lenin en su libro "Materialismo y empirocriticismo" a las ideas de Mach.

          Ya Marx y Engels habían aclarado este punto en Anti Dühring: “La real unidad del mundo estriba en su materialidad, y ésta no queda probada por unas pocas frases de prestidigitador, sino por un largo y laborioso desarrollo de la filosofía y de la ciencia de la naturaleza”.

          Pero como las ideas son circulares, ya hacía tiempo que Hegel se había ocupado del tema cuando expresó que “el lenguaje objetivo de la vida cotidiana quiere decir que existe fuera de nosotros y que nos llega desde fuera a través de las sensaciones”.

          Tal vez, uno de los errores de Mach, como lo cometieron también Hume y Kant, fue considerar a los sentidos como una barrera que separaba al individuo del mundo material en lugar de verlos como un puente interactuando sistemáticamente. En principio porque los sentidos no pueden existir sin el sistema nervioso, el cerebro, el cuerpo y un entorno físico.

          Mientras que para el filósofo e investigador Alan Woods[7], presentar los sentidos como algo independiente y separado del cuerpo, por ejemplo, la materia organizada de una forma determinada, “es un disparate idealista de la peor clase. No tiene nada en común con la ciencia y sí todo en común con la religión y el espiritualismo”.

          Por su parte, Niels Bohr y Werner Heisenberg jugaron un papel importante en el desarrollo de la mecánica cuántica, y aunque Bohr era un científico pragmático y Heisenberg era más filosófico, durante un tiempo aceptaron las teorías del positivismo lógico. En su trabajo "La Interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica" descubrieron la existencia del indeterminismo en la realidad, y esas indeterminaciones en las cantidades observables no eran del todo independientes sino que estaban relacionadas de manera inexplicable con nuestra intuición. En criollo: las cosas no son como son, sino como son observadas y además existe la imposibilidad de afirmar que, por ejemplo, estas páginas “sean” como usted las está percibiendo en relación a la textura de sus hojas la dimensión en centímetros, el objeto cambia según el observador, lo que usted siente es para usted, pero no necesariamente para otro lector.

          A su vez, el existencialismo que se encuentra sedimentado en la tendencia irracionalista de la filosofía del siglo XIX, representada por Nietzsche y Kierkegaard, ha adoptado diversas formas y colores políticos. Desde las tendencias religiosas como las de Marcel, Jaspers, Berdyayev y Buber y ateas como las de Heidegger, Sartre y Camus. Pero la característica común de ambas es un subjetivismo extremo.

          Pero existe también un nuevo grupo de filósofos tales como John Searle, Daniel Dennet, y los Churchland, Paul y Patricia, nos brindan títulos que han captado la atención del público especializado y no especializado: Mente, lenguaje y sociedad: La filosofía en el mundo real, Mentes, cerebros y ciencia y El misterio de la conciencia, Contenido y conciencia, Brainstorms: Philosophical Essays on Mind and Psychology. Consciousness Explained; La ingeniería de la razón, The Seat of the Soul: A Philosophical Journey into the Brain y Matter and Consciousness y Neurophilosophy: Toward a Unified Science of the Mind-Brain, The Computational Brain y The Mind-Brain Continuum, entre otros. Mientras que entre los neurocientíficos se destacan los trabajos de Francis Crick, Antonio Damasio, Gerald Edelman, David Marr y Christof Koch.

          Aunque nuestro sistema de creencias se encuentre integrado a partir de un sistema racional consistente con nuestros deseos y aspiraciones, éstas estarán siempre condicionadas por una infraestructura emocional que no es accesoria sino que forma parte del sistema general del conocimiento y procesos psicológicos necesarios para la comprensión y aprehensión del mundo.


Para qué sirven las emociones
         
          La formulación de la función de las emociones la elaboró Wukmir[8] hace más de 40 años, aunque lamentablemente sigue siendo mayormente ignorada no sólo por la psicología tradicional sino por cientistas de otras áreas que deberían aplicarla a sus estudios. Es así que aun hoy observamos el planteamiento estratégico de campañas de comunicación que subestiman la capacidad de la emoción por sobre la razón. "Nos han enseñado a ser muy lógicos, pero no hay una sola decisión supuestamente razonable que no esté ligada a una emoción."[9].

          Wukmir sostuvo que el comportamiento humano está directa y exclusivamente dirigido por las emociones, y que éstas son un mecanismo biológico fundamentalmente cerebral, que calculan y valoran la idoneidad de cada situación para la supervivencia de las personas en tanto organismos. “La posición tradicional de la razón en la motivación del comportamiento humano es errónea como ciencia y falsa como ética”, afirmó. Pero como en todo mecanismo físico-biológico, las emociones están sujetas a múltiples interferencias, que producen un gran número de errores en el cálculo de cada situación.

          Es decir que todo lo que hacemos o dejamos de hacer ocurre bajo el manto protector de nuestras emociones, y éstas son un valor supremo por sobre las capacidades lógicas y racionales de las personas, y los errores en la apreciación están dados por otros impulsos tan poderosos como la percepción sensorial y las pulsiones.

          El sistema emocional realiza también miles de evaluaciones antes de que nuestro Yo consciente actúe de determinada manera frente a un hecho o acontecimiento de nuestra realidad. Este concepto de Evaluación lo acuñó Magda Arnold[10] en un libro sobre las emociones que tuvo gran influencia en estudios posteriores. Arnold definió la evaluación como la valoración mental del daño o beneficio potencial de una situación y afirmó que la emoción es la “tendencia sentida” que conduce a acercarse a cualquier cosa evaluada positivamente o a alejarse de cualquier cosa evaluada negativamente. Aunque el proceso de evaluación en sí mismo ocurre inconscientemente, sus efectos se graban en la conciencia como sentimiento emocional.

          En los últimos 30 años los trabajos empíricos sobre el razonamiento cuestionaron seriamente la idea de que los seres humanos, incluso los más instruidos actúen de manera racional o apelen a procedimientos lógicos preposicionales. Se han realizado sorprendentes demostraciones acerca del grado en que los humanos se apartan de la racionalidad[11]. Por su parte, las modernas técnicas de la resonancia magnética cerebral han permitido medir los procesos emocionales y aplicar, de tal manera, el método científico para la comprensión de las emociones.

          Cada día los seres humanos modernos tomamos miles de  decisiones. No hay capacidad física, espacial ni temporal de utilizar razonamientos y cálculos lógicos. Nuestro sistema racional es demasiado lento y vulnerable para tomar el control de nuestro comportamiento. Para ello contamos con un buen sistema emocional que actúa con rapidez y diligencia, gracias a un diseño sofisticado, perfeccionado por la evolución durante millones de años.

          Emoción, pensamiento y acción están totalmente interrelacionados, pero el primer paso del proceso es la emoción. En tanto que el sentimiento es el componente subjetivo o cognitivo de las emociones, es decir la experiencia subjetiva de las emociones. De otra manera, es la etiqueta o la conceptualización que las personas hacen de sus emociones[12].

          Cuando compramos un aparato electrónico, contratamos un electricista hogareño o elegimos un candidato a intendente, calculamos medidas, valores, capacidades y atributos, pero finalmente será nuestro sistema emocional quién nos ayude a decidir[13]. Precisamente, las personas que tratan de tomar decisiones sin que intervengan sus emociones, utilizando sólo su pensamiento racional, son incapaces de llegar a ninguna determinación, siempre encuentran fallos, contra-argumentos, etc. Lo único que terminan haciendo es simplemente frenar la toma de decisiones, y en este punto lo que ingresa es el deseo conciente o inconciente de “no decidir”. Pero las personas, salvo en contadas oportunidades, estamos dispuestos a decidir.

          Lo difícil de esto, para quienes creemos ser racionalistas, es reconocer que nuestro comportamiento está determinado por el sistema emocional. Pero la pura verdad científica es que la función de las emociones es guiar a nuestro organismo por el camino de la supervivencia. Por eso nuestra especie pudo finalmente salir de las frías cavernas de la Europa de la última glaciación y llegar a nuestros días. Y de aquellos hombres de Cromagnon al hombre moderno sólo hay diferencias casi imperceptibles.

          Donde más se observa la aplicación de sistemas emocionales en la toma de decisiones es en cuestiones abstractas o que para las personas se presentan como abstractas. Y la política y los asuntos públicos para una amplísima parte de las sociedades modernas es una cuestión no concreta. La política, salvo en contadas oportunidades históricas, no es asumida como un proceso social y cultural que pueda cambiar la realidad cotidiana de las personas, por cuanto, luego de pequeñas evaluaciones que aparecen como medianamente racionales, las personas determinan sus opciones electorales mediante su sistema emocional.

          Este sistema emocional es el que nos indica cual de los caminos o alternativas favorecen de mejor manera nuestra supervivencia. Para lograr hacer esto, debemos procesar una gran cantidad de información, entre muchas otras, las provenientes de nuestro pensamiento en el neocórtex, pero fundamentalmente las percibidas por los sentidos.

          Es decir, que si sentimos alegría, por ejemplo, quiere decir que nuestro sistema emocional ha calculado (valorado) que la situación en la que nos encontramos es positiva para nuestra supervivencia. Y si lo que sentimos es temor o angustia es que nuestro sistema emocional calcula (valora) que la situación es perjudicial.

          El problema de las emociones y lo que nos molesta tanto de ellas, es que creemos que se equivocan y que no pueden ser gobernadas con nuestro Yo consiente. Pero las emociones casi siempre nos indican el camino correcto. Y eso realmente ocurre. El proceso cognoscitivo no es sólo espiritual (no material) sino que está sujeto a interferencias y degradaciones. Pero las emociones surgen de la actividad física de nuestras neuronas cerebrales, que son de "carne y hueso", físicas y materiales[14].

Ignorar hechos es parte del trabajo

          Los últimos avances científicos están demostrando que la intuición puede ser más efectiva que los modelos de elección racional, no mejor ni más buena sino más efectiva. La efectividad y eficacia de los resultados es determinante en el sistema de valoraciones de nuestro cerebro como producto de nuestra historia evolutiva.

          Los detractores de Daniel Kahneman[15] sostienen que ganó el Nobel en 2002 por demostrar que la intuición falla ya que eso es de lo que trataban sus experimentos. Pero en recientes estudios como los desarrollados por Gerd Gigerenze[16] sostiene que la intuición puede llegar a ser mejor sistema que los modelos de elección racional, o los de la regresión múltiple o los programas estadísticos más complejos. Más sorprendente resulta aún comprobar que tomamos mejores decisiones si tenemos en cuenta una buena razón que si valoramos diez. Esta afirmación indica desde la psicología cognitiva lo que se verá más adelante sobre la importancia de manejar en campaña de comunicación o en el gerenciamiento de crisis la producción de mensajes que apelen directamente a nuestro cerebro emocional.

          Estos estudios del Instituto Max Planck, derrumban la creencia de que la valuación racional exitosa es la realizada a partir de muchas variables. Es decir, ignorar cierta información de la que se dispone a la hora de elegir es bueno. En un mundo de incertidumbres y abstracciones como son los asuntos públicos, tener y manejar poca información a la hora de decidir no sólo es beneficioso para el ciudadano, elector, informantes clave o el consumidor, sino que es un procedimiento que se realiza casi automáticamente en todos los ámbitos de nuestra vida.

          Las personas con menos información realizan sistemáticamente mejores inferencias que las que saben más cosas. Aquí se aplica una regla general muy sencilla, denominada heurística de reconocimiento que se basa en "elegir lo que se conoce".

          La ignorancia parcial puede ser útil en el mundo real, el reconocimiento del nombre o la marca está correlacionado con lo que se quiere saber. Esto es aplicable a los equipos de Fútbol: se han realizado estudios en los que personas poco conocedoras del tema han hecho predicciones sobre los resultados de partidos y campeonatos, y sistemáticamente sus predicciones son igual de buenas que las de los expertos, y a veces mejores, porque disponen de conocimiento parcial y, por tanto, pueden basarse en estas reglas generales sencillas y poderosas a la vez, para acertar.

          La intuición se basa en principios simples que ignoran “toda” la información, y que enfocan una o dos buenas razones. Esto es lo que se llama “regla general” o “heurística”. Una heurística ignora información, y esto es lo que acelera la toma de decisiones en la situación adecuada, pero para hacerlo tiene que tener “una buena razón”. Así es como trabajan la mayoría de los programas de antivirus que tenemos en nuestras computadoras personales. No analizan toda la información que contienen nuestros discos rígidos, sólo lo hacen sobre los que considera, el programa, que resultan potencialmente peligrosos para el sistema.

          Y esta intuición se define como una sensación que sucede rápidamente en el inconsciente cuyos motivos desconocemos, pero que nos impulsa a actuar.

          Es decir, esas inferencias son lo que creemos estar viendo en base a evaluaciones. Lo que Gigerenze ejemplifica con una montaña o edificio que parece estar “lejos” porque el día está nublado, pero si estuviera despejado parecería estarlo mucho más cerca. Es que nuestro cerebro se pasa gran parte de su actividad “adivinando”, haciendo conjeturas.


La conceptualización de las emociones


          Sin embargo, la clave en cuanto a la utilización del valor emoción respecto de la comunicación institucional, de marca, política o electoral es que no importa si la información es adecuada en términos lógicos, lo que vale es que pueda llegar a ser procesada, ya que en definitiva será el individuo y su sistema emocional quién determine si la apropia o no.

          El consultor Frank Luntz en su libro "Palabras que funcionan" sostiene que lo que importa no es lo que el emisor dice sino lo que el receptor escucha (y entiende).

          La emoción es el sentimiento connotado por nuestras vivencias pasadas, nuestra historia personal y la forma en que el ambiente físico y cultural influenció en nosotros.

          Los sentimientos están directamente vinculados a los sentidos y a la conceptualización de las emociones. Lo que hace nuestro sistema sensorial es percibir el entorno e ingresarlo a nuestro doble sistema físico (cerebral) y mental (pensamiento). Es decir, percibimos el mundo exterior a través de nuestros sentidos y lo nominamos mediante palabras y pensamientos. Pero ingresan a nuestro sistema connotados por nuestro mundo emocional, como se dijo más arriba, teñido por nuestras vivencias, nuestro sistema de valores, nuestras angustias, heridas emocionales, aspiraciones y deseos.

          La importancia de la gerencia de las emociones en comunicación radica en que las emociones transmiten información. La razón lo que hace es justificar nuestras emociones y hacerlas presentables ante nosotros mismos. Como se dijo, que la información que recibimos no sea fácilmente entendible en términos racionales no implica que sea irracional. Simplemente indica que es ajena, en su enorme mayoría al conocimiento racional, pero produce resultados y efectos.

          La emoción es un fenómeno psicofisiológico que tiene la función de ayudarnos a adaptarnos ambientalmente. Ambiente y entorno que siempre resulta amenazante para nuestro sistema de defensa y además -y fundamentalmente- para facilitarnos la toma de decisiones.

          Y aquí ingresan las emociones en la gestión de la comunicación. Identificar qué emociones producen qué resultados es función de los especialistas en comunicación y las relaciones públicas.

          Porque no sólo nos enfrentamos al problema de que la gente no nos está escuchando, sino que cuando lo hace es sobre lo que le interesa. La mala noticia es que sobre la información que le interesa al ciudadano/consumidor, entenderá lo que previamente ya pensaba sobre la cuestión. También al decir de Roberto Izurieta parafraseando a Tony Schwartz[17]: “La gente ve lo que quiere ver y escucha lo que quiere escuchar”.

           Desde el punto de vista de la conducta, las emociones sirven para establecer nuestra posición con respecto a nuestro entorno, impulsándonos hacia ciertas personas, objetos, acciones, ideas y rechazando otras. Las emociones actúan también como depósito de influencias innatas y aprendidas, poseyendo ciertas características invariables y otras que muestran cierta variación entre individuos, grupos y culturas[18].

          Las emociones producen cambios físicos en el individuo y en el entorno. Son el detonante para la toma de decisiones mentales y físicas. Hacemos o dejamos de hacer las cosas de acuerdo a lo que nuestro sistema emocional nos permite, habilita, facilita o impone.

          De las palabras nos olvidamos fácilmente, de las emociones no. Es muy difícil que un discurso racional, que un conjunto de palabras emitidas por un político/empresario/gobernante/líder de opinión, nos modifique la naturaleza personal o nos haga tomar una decisión electoral, de ideas o de compra y que tan sólo horas después nos acordemos de él. Pero una impronta emocional nos puede atravesar el cuerpo, conmocionarnos, hacernos llorar, reír, actuar; y lo más importante, no nos vamos a olvidar de ella fácilmente.

La base biológica de la emoción

“Usted es sus sinapsis. Ellas son lo que usted es”.
Joseph Ledoux

          La obra de Darwin: The Expression of the Emotions in Man and Animals de 1872 da inicio a posteriores investigaciones centradas en los aspectos evolucionistas de las emociones. Aunque algunos autores prefieren hablar de las teorías evolucionistas en tanto que orientaciones expresivas[19], gran parte de las teorías biológicas de la emoción se basan directamente en los postulados evolucionistas.

          Durante el Siglo XX se realizan avances que progresivamente las van delimitando en su localización en el área subcortical de las estructuras cerebrales que son las que permiten la experiencia y la expresión emocional. Al compás de los avances tecnológicos como la incorporación de la resonancia magnética se implica al sistema límbico, y particularmente a algunas estructuras como el hipotálamo y la amígdala[20], y en la participación específica de cada hemisferio cerebral en los procesos de percepción, análisis, interpretación, experiencia y expresión de  las emociones.

          En esta consideración biológica del control funcional en los procesos emocionales adquiere una especial relevancia la amígdala. Se comprobó que esta estructura juega un papel fundamental en la expresión, y en la experiencia de la emoción, tanto en el ser humano, como en los animales inferiores[21]. Una de las  razones por las que la amígdala ejerce un control tan importante sobre los procesos emocionales radica en la considerable influencia de dicha estructura sobre el hipotálamo.

                A pesar de la relativa antigüedad de estas investigaciones y las que fueron divulgadas para el común de los lectores por fuera de las comunidades científicas, por Daniel Goleman en “Inteligencia Emocional”, aun nos cuesta aceptar la base biológica del procedimiento de elección basado en las emociones.

          Si aceptamos que la emoción es el cálculo o valoración de la favorabilidad de supervivencia, también debemos reconocer que esa cuantificación puede ser errónea debido a interferencias en nuestro sistema emocional. Pero finalmente será ese complejo sistema el que decidirá “por nosotros” a la hora de elegir un modelo de automóvil, un jefe de gobierno o un reproductor de MP3.

          Otros estudios que han impactado en la forma de entender esta cuestión son los que propone Richard J. Haider[23], quién sostiene que “todos estamos igualados por un cerebro distinto”. Ya que del estudio sobre el impacto de las emociones surgen las preguntas y dudas sobre la “alfabetización emocional”  y su relación con la capacidad de percepción. En ese sentido sostiene que lo importante no es lo que se sabe, sino qué puede se aprendido. “La inteligencia no es centro, sino parte de la red”.

          Sobre los ensayos que realiza desde 1988 para estudiar la inteligencia humana a través de neuroimágenes crece la idea de que más actividad cerebral no significa más efectividad mental, así que la ecuación de la inteligencia no radica en una potencia central, sino en la “eficiencia reticular”. También se han desmentido creencias respecto de que el cerebro –como se pensó durante años- estuviera especializado por áreas. La clave no está en la especialización por zonas, sino en las relaciones entre ellas. El cerebro no es un centro, sino una red, y no tiene figuras estelares, sino más bien es como una orquesta con solistas sucesivos”.

          También se derriban algunos mitos de la clasificación al afirmar que hay más diferencia entre individuos que entre grupos: hombres o mujeres, etnias o edades, estamos igualados por un cerebro distinto, por cuanto, las diferencias no están en los grupos, sino entre individuos”.

La culpa es de la amígdala

          La principal respuesta a la pregunta de porqué las personas son tan fácilmente manipulables es en realidad una desde el punto de vista biológico. En circunstancias normales, los seres humanos tienen la mayoría de sus pensamientos en los lóbulos frontales del cerebro, donde el pensamiento crítico es el que manda.

          Pero cuando estamos o creemos estar bajo situaciones estrés, y por el contrario, frente a temáticas poco importantes para nuestro sistema de valores cotidiano, como lo es en general la política, lo hacemos con la parte trasera de las áreas del cerebro donde el que manda es el sistema límbico. Es decir lo más importante para nuestra supervivencia y lo menos importante para nuestra vida cotidiana se procesa en el mismo lugar.

          Cuando más necesitaríamos de nuestro pensamiento crítico no podemos utilizarlo por cuestiones adaptativas. La amígdala y otras partes del cerebro que han sido nuestras principales áreas de pensamiento durante mucho más tiempo que el lóbulo frontal se rige por la emoción y la Unidad de Ganancia a corto plazo. La Unidad de Ganancia a corto plazo sesga y elimina la posibilidad de ampliar el marco de perspectiva en la toma de determinaciones tanto políticas como de otros órdenes de nuestra vida cotidiana.

          La comprensión del mundo que nos rodea no está relacionada con el nivel de instrucción. También éste es un prejuicio bastante asentado en parte de la comunidad política de nuestros países. La diferencia no la hace saber qué ríos cruzan Europa o cuál es la Capital de Australia. El papel fundamental de la educación es despertar y facilitar la utilización del sistema de valoración límbico y del pensamiento crítico, únicas barreras biológicas al impulso de la Unidad de Ganancia a corto plazo.

          Fue Joseph Ledoux, un neurocientífico del Center for Neural Science de la Universidad de Nueva York, el primero en descubrir la importancia del desempeño de la amígdala en el sistema emocional en los humanos[24]. La investigación de Ledoux que es en sí misma una revolución en nuestra comprensión de la vida emocional. Demuestra por primera vez la existencia física por donde discurren nuestras emociones. Eso es, por qué vías nerviosas circulan los sentimientos que eluden el neocórtex.

          El circuito descubierto por Ledoux es la causa y la razón del gran poder de las emociones para gobernarnos por sobre la razón. Y fundamentalmente el porqué los sentimientos que siguen este camino directo a la amígdala son los más intensos, primitivos y perdurables. Resumiendo, es el porqué, como se ha dicho, de que de las palabras nos olvidemos pero de lo que sentimos no resulte tan fácil borrarlo de la memoria.

          Este tipo de pensamiento es funcional a tiempos pasados, cuando el hombre primitivo se enfrentaba a situaciones de estrés relacionadas con la alimentación, el hábitat, las amenazas del entorno y las pulsiones sexuales. En el mundo actual donde el estrés se produce principalmente por la frustración de no alcanzar los objetivos fijados, tiene impactos a largo plazo, aunque si tenemos la suficiente flexibilidad hallaremos que las fuentes de estrés primitivas no distan mucho de las actuales.

          Dice Ledoux que “es muy conveniente creer que podemos controlar conscientemente todo, sin embargo, el cerebro prefiere actuar de manera inconsciente. Si no lo hiciera, estaríamos tan ocupados calculando cada uno de nuestros pasos o cada respiración que no seríamos capaces de hacer nada más. Los procesos inconscientes son fundamentales en nuestras vidas. Algunos de ellos parecen triviales, como respirar o caminar. Pero, cuando hablamos, no estamos pensando en poner el verbo después del sujeto para ordenar la frase. Simplemente lo hacemos automáticamente, porque nuestro cerebro es listo. Con las emociones es aún más complicado pensar que las regulamos de manera consciente. Más bien ellas son tan inconscientes como caminar o respirar”[25].

          Nuestro cerebro nos engaña la mayoría de las veces[26]. Esto explica cómo hemos adaptado nuestra fisiología para hacer frente a las cada vez más complejas demandas de la lengua, pero básicamente para enfrentarnos a retos que siguen siendo recurrentes y permanentes en el devenir de la historia humana. De la lucha por la comida a la lucha por el dinero no ha habido variaciones fisiológicas. Seguimos utilizando las mismas partes del cerebro emocional para cazar un antílope en la sabana africana o pelear por un contrato o un puesto de trabajo en cualquier gran ciudad de la actualidad.

          Eso lo saben y se expresa como tendencia entre los anunciantes de las empresas, los políticos innovadores, las religiones electrónicas y otras ofertas que surgen del abstracto conceptual para explotar los defectos del sistema cerebral del hombre moderno. 


De "La campaña emocional". Guillermo Bertoldi. Ed. Dunken 2009



[1] Guy Sorman. “El mundo es mi tribu”. 1998
[2] Yaiza Martínez es una poeta y narradora española, licenciada en Filología hispánica y autora entre otros de "Las mujeres solubles", 2003.
[3] Edward Slingerland Cofundador y codirector Center for the Study of Human Evolution, Cognition and Culture (HECC) de la UB Cambridge, autor de "Lo que la ciencia ofrece a las humanidades", 2008.

[4] Yaiza Martínez. “La división metafísica de cuerpo y mente y la crisis actual de las ciencias de Humanidades”
[5] Adolfo Castilla. 2007
[6] Más información en Rom Harré “The social construction of emotions”. Oxford 1986.
[7] Alan Woods. “Historia de la Filosofía”. 2001.
[8] V. J. Wukmir.  “Emoción y Sufrimiento”. 1967.
[9] Eduard Punset, escritor e investigador científico. “Porqué somos cómo somos”. 2007
[10] Magda B. Arnold's Contributions to Emotion Research and Theory: A Special Issue of Cognition and Emotion. 1984.
[11] Reseñados por H. Gardner en “La nueva ciencia de la mente”. 1996.
[12] Este concepto lo introdujo Richard Lazarus (1991), cuando sugiere la teoría de incluir  el sentimiento en el marco de las emociones, ya que éstas se conciben en sentido muy amplio. Considera sentimiento y emoción como conceptos relacionados, en el cual el concepto emoción englobaría al sentimiento
[13] E. Barrull, “Biopsychology”. 2000
[14] E. Barrull, 2000
[15] Daniel Kahneman obtuvo el Premio Nobel de Economía en 2002 por haber integrado los avances de la investigación psicológica en la ciencia económica especialmente en lo que se refiere al juicio humano y a la adopción de decisiones bajo incertidumbre.
[16] Gerd Gigerenze es autor de "Decisiones instintivas" y director del Centro para la Conducta Adaptativa y la Cognición del Instituto Max Planck.
[17] Tony Schwartz. La respuesta emocional. 1978.
[18] E. A. Levenson. The uses of disorder. Chaos theory and psychoanalysis. 1994
[19] Carlson, J.G. y Hatfield, E.  "Psychology of Emotion". Orlando, Florida: Holt, Rinehart & Winston.  1992
[20] Francesc Palmero" Aproximación biológica al estudio de la emoción" Universitat Jaume I Castellón. 1996.
[21] Doty, R.W. (1989). Some anatomical substrates of emotion, and their bihemispheric coordination. En G. Gainotti y C. Caltagirone (Eds.), Emotions and the Dual Brain
[22] Iwai, E. y Yukie, M. “Amygdalofugal and amygdalopetal connections with modality-specific visual cortical areas in macaques”. Journal of Comparative Neurology. 1987.
[23] Richard J. Haider, neurocientífico, especialista en medición de la inteligencia humana.
[24] Joseph Ledoux. “El cerebro emocional”. 1999
[25] “Mind, Life, and Universe. Conversations with great scientists of our time” editado por Eduardo Punset. 2007.
[26] Gary Marcus es autor de “Kluge: La construcción desordenada de la mente humana”. 2008

Posted by Guillermo Bertoldi On 6:39 No comments

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